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domingo, 21 de junio de 2009

El fenomeno Moccia




Hace unos meses escribí un articulo que tocaba el tema de porque los 5 libros de ficción mas vendidos en chile eran todos de la saga crepúsculo de Stephenie Meyer, esto no es único, el caso de los libros de J.K. Rowling es otro ejemplo aun latente, para que decir si analizamos el panorama editorial del por lejos mayor mercado editorial del mundo, el japonés donde se solían imprimir el 70% de las publicaciones del mundo, la cosa es clara, el segmento de mercado mas redituable es el de los jóvenes y el estilo que gusta es el directo y simple. Federico Moccia es la quinta esencia de este fenómeno, a sus 40 y tantos años, lleva 4 novelas publicadas desde el 2004 (la ultima recién salida) superando ya los 3 millones de ejemplares vendidos, para un mercado como el nuestro donde superar los 10 mil anuales haría llorar de alegría a los editores, son cifras mitológicas.
El autor contemporáneo mas vendido de Italia, sus libros editados en una treintena de países y traducidos a varios idiomas, una comunidad de fans prolífica que incluso filma sus propias versiones de los pasajes mas memorables de sus libros, etc, etc.
Las cifras de Moccia son increíbles, al igual que su historia, escenográfo, luego guionista de programas de televisión, escribió en 1992 su opera prima “Tres metros sobre el cielo” una dinámica novela sobre el amor entre un muchacho rebelde y una niñita “bien”.
Nadie en el mundo editorial la considero.
Al ver que no tenia ofertas decidió publicarla por si mismo, 2000 ejemplares de su bolsillo.
Se agotaron.
Por una década, los pocos libritos sobrevivientes pasaron de mano en mano y fueron extensamente fotocopiados por toda Italia, hasta que una copia llego a las manos de la sobrina de un productor de cine, de repente Moccia se vio con contrato para llevar su obra a la pantalla grande y una gran editorial la relanzaba masivamente en 2004.
La segunda parte “Tengo ganas de ti”, escrito también en los noventa y celosamente guardado ante el rechazo editorial, retomaba la historia de Step y Babi, fue un nuevo suceso, en ella Moccia efectuó un ejercicio digno de un estudio sociológico, en una escena clave, los protagonistas se juran amor eterno colgando un candado en un farol de un antiguo puente romano el ponti milvio y lanzando la llave al tiber.
Pocos meses después de lanzado el libro, la alcaldía romana tuvo que soldar soportes especiales por todo el puente para que los enamorados inspirados por la novela no siguieran botando los faroles al sobrecargarlos de candados. Increíble.
La versión fílmica tampoco espero, y su traducción y venta en otros países fue simultanea.
Hace unos años Moccia sorprende con una tercera novela, “Perdona por llamarte amor”, deja atrás a sus personajes y cuenta ahora la historia de amor de Alessandro un exitoso publicista de 37 años y Niki, una estudiante de 17, a pesar de lo escabroso del planteamiento, Moccia se las arregla para escribir un verdadero poema de romance sincero. Además ahonda en la relación entre Niki y sus amigas en una especie de “sex and the city” adolescente que hace las delicias de las púber, en contraparte, Moccia también explora el entorno de Alessandro con su propio grupo de treintañeros y su vida de trabajo, matrimonios, engaños y demases.
Éxito absoluto, 1 millón de ejemplares como si nada, a pesar de que la película, esta vez dirigida por el mismo Federico para asegurarse la exacta representación del libro, salio casi conjuntamente.
Su cuarto libro “Amore 14”, de reciente salida, se adentra en la vida y sueños de una adolescente de 14 años, apuntando nuevamente a un target ridículamente olvidado por los ejecutivos de la industria y que ha demostrado ser el mas ávido.

Moccia es un autor moderno, es netamente siglo 21, su prosa es rápida y absolutamente cinematográfica, aunque a veces parece desordenada, bombardea al lector sin darle aliento, además es profundamente marketinero, no escatima en conectar a través de las marcas de moda con su publico, se empapa con sus gustos y actividades e incluso se da la molestia de crear mitos y nuevas tradiciones. Aunque desde premisas largamente tratadas, Moccia logra dar un ambiente tan actual que resultan novedosas, sus personajes se mantienen al filo de la estereotipacion y aun asi resultan creíbles y queribles, son gente normal, real y la vez idílica, podrían ser el vecino, la chica del banco siguiente o mejor aun el mismo lector, la identificación de su publico es por lejos uno de sus puntos fuertes y clave de su éxito. Esto es especialmente marcado al ver la evolución entre “tres metros sobre el cielo” y “perdona por decirte amor”, Moccia ha aprendido buenos trucos a lo largo de los años sin perder su frescura de estilo, volviéndose un autor que sabe sacar partido de su pluma.
Tal como decía, Moccia es un autor embebido en el mundo actual, maneja bastante bien el ambiente web incluso el 2.0, facebook, youtube, foros, sitios de fans, no solo los usa para difusión sino también los incorpora en sus escritos, ha aprendido el poder mediático que pueden tener sus obras y no duda en usar ese poder. El fenómeno del candado del amor ya ha traspasado las fronteras italianas y puentes de toda Europa ya deben lidiar con los omnipresentes candados, los rayados en las paredes de roma imitando los del libros son otro fenómeno, la misma ciudad ya ha comenzado a sacar partido, dentro de los paquetes turísticos se ofrece la ruta Moccia, donde los turistas pueden visitar sitios emblemáticos citados en sus obras, la juventud italiana hace rato que se postro a sus pies y la de varios países mas hacen cola para imitarles.
¿Cuanto tardara en llegar el fenómeno Moccia a Chile? No podría saberlo, pero no me extrañare de comenzar a ver candados en los puentes del Mapocho o del Marga marga.
¿Cuanto tardaran las editoriales chilenas en ver la importancia del segmento juvenil y comenzar a sacarle partido mas allá de relanzar cuanta obra de vampiros adolescente o magos prepuber haya salido al mercado americano, sino echando mano al fin a la gran veta de autores nacionales mas allá de los dinosaurios del tipo Lafourcade o de los rompedores de segmento mas subterráneo como Baradit, que están lejos de ser la respuesta para estimular un habito de lectura casi inexistente?, esa es una pregunta que lamentablemente es aun mas difícil de responder.

Por ahora deberemos contentarnos con autores extranjeros, los libros estarán en Latinoamérica en breve (tres metros ya ha sido lanzado en México) y en algunos casos pueden ser encontrados en Internet como descarga además de encargo, como un primer acercamiento recomiendo ampliamente la película de “Perdona por llamarte amor”, descargable de su sitio bittorrent favorito.

domingo, 26 de abril de 2009

Cuento de la semana: Arcangel, la hija.


El cigarrillo cae, sus manos vuelan a su espalda y aferran las culatas de las armas.
Todo parece congelarse, es un momento solo un momento... una eternidad.

Parecía como si hubiera una vida de distancia desde que comenzó el juego, cuando fingiendo cándida timidez él entro a clases con un propósito muy diferente del de sacar un titulo. Y es que su vida hacia rato estaba encausada, quizás no del modo más ortodoxo, pero si del modo que él había escogido. El modo más peligroso, el modo más emocionante.
Con su placa y su arma cuidadosamente escondidas, había vuelto a un mundo que creía haber dejado años atrás, pero la universidad le había recibido con los brazos abiertos, más de lo que hubiera esperado y no solamente el campus, una universidad ajena, un país ajeno y aun así había sido como estar en casa mas de lo que cualquier esporádica morada a lo largo de los años lo había sido.
Ella lo había cambiado todo, por un tiempo se olvido de su misión, de su trabajo, de su vida, incluso de Meredith quien aun con todo su éxito personal esperaba pacientemente a que él un simple policía glorificado se decidiera a dejar la vida que llevaba y se uniera fuera de peligro con la mujer que alguna vez había tenido que proteger. Lo había olvidado todo por ella, por sus cabellos oscuros, por sus ojos caprichosos y la sonrisa hipnótica.
La conoció apenas llego a la universidad, aun antes de comenzar a buscar el eslabón familiar de la pista que le llevaría a su presa, ella concentro toda su atención.
Ni la mas hermosa, ni la mas dulce, ella le había cautivado como nunca hubiera pensado, ni la maravillosa aventura que le había llevado de proteger la vida de Meredith a ser dueño de su corazón hace algunos años y miles de kilómetros de distancia, se podía comparar a la magia que parecía emanar cuando estaba junto a ella, una muchacha que en teoría no podía competir con el glamour aristocrático de su prometida.
Por meses había vivido una vida prestada, engañándose a si mismo, sumergiéndose en un mundo de exquisita banalidad, de dulce ignorancia.
Solo ella le había importado.
Por un tiempo se olvido de si mismo y olvido la misión de justicia que lo había traído a ese rincón del mundo. Y demasiado tarde recobro la razón.
Demasiado tarde para fortificar su corazón, demasiado tarde para evitar la emoción y el sentimiento, demasiado tarde para asociar la cruel realidad.
Ella es la hija.
Con una sola pista se había lanzado a la caza de Gómez, la ultima venganza, la ultima misión antes de dejar la vida que amenaza con hacerle un asesino y refugiarse en los brazos de Meredith para siempre. Una sola pista para llegar al ultimo zar de la droga, para terminar el ultimo caso de su padre, un lugar, un rostro y un apellido, el paradero del supuesto hijo de Víctor, el pedofilo pornógrafo de García.
Víctor, el padre de ella.
Víctor, el criminal depravado, que a pesar de conocer su rostro y prontuario al detalle se había resistido a identificar al verlo por primera vez en persona en casa de ella.
Víctor el destructor de tantas vidas infantiles, que lo saludaba con cierto típico resquemor celoso de padre por su pequeña.
Por ella.
La información era incorrecta, no es un hijo la clave, es una hija, es ella.
El trata de negarlo, él trata de refugiarse lejos de la realidad, solo sus ojos importan solo el aroma de sus cabellos oscuros. Y así pasan los días entre el éxtasis de su compañía y el fantasma de su padre clamando venganza.
Y el rostro de Meredith reprochándole en sueños.
Hasta que la ilusión finalmente se rompe.
Es el ultimo día de clases, se ha rendido, no le importa lo que pase, se ira con ella de viaje. Se dice que es para seguir la pista de Gómez, se dice que es también su trabajo, pero no le importa, no le importa ni siquiera la presencia de Víctor que vendrá a despedirla, solo le importa estar con ella.
Ella se cuelga de su cuello, esta maravillosa con el delicado vestido lila insinuando sus formas, él la besa y sonríe mientras ella se aleja urgiéndolo a darse prisa. Él intercambia unas ultimas palabras y comienza a abandonar el campus siguiéndola.
Víctor esta afuera, puede verlo a cierta distancia junto a una gran limosina negra.
Gómez esta con el
Meses de espera, años de búsqueda.
El ultimo criminal tras la muerte de su padre, la pieza postrera del rompecabezas, el demonio de manos indeleblemente manchadas con la sangre de inocentes.
La decisión lo golpea, roe sus entrañas.
Ella abraza a su padre y le da un distante apretón de manos al obeso Gómez. Los dos guardaespaldas la siguen con la mirada.
El se esconde entre los autos, apenas puede escuchar la conversación mientras mira con terror como ella se sienta familiarmente en la limosina del mafioso y se sirve licor.
Ella es la hija.
Y ella lo sabe.
Sabe quien es su padre.
No es la inocente criatura que el desesperadamente quisiera creer.
Y aun cuando lo fuera eso poco importaría.
La oportunidad nunca se repetirá, Gómez sospecha que ha sido vendido y dice que nunca volverá a contactar a Víctor, la presa se escapa de sus manos, se escurre entre sus dedos, 2 criminales eludiendo la justicia y el solo piensa en como le romperá el corazón.
El hechizo se rompe.
Lentamente rodea un pequeño auto y camina hacia el centro de la calle, Gómez ocupa artificialmente toda su atención evitando ver el rostro de ella en un despliegue de fuerza de voluntad que incluso a él sorprende.
No se esfuerza en levantar la voz, sabe que poco servirá el aviso y la frase se pierde en la tarde.
“¡This is the Interpol, Hernan Gomez... you’re under arrest!”.

El cigarrillo cae, sus manos vuelan a su espalda y aferran las culatas de las armas.
Todo parece congelarse, es un momento solo un momento... una eternidad.

En cámara lenta las bocas de las berettas gemelas se levantan insolentes y comienzan a vomitar su fuego, el retroceso tensa sus músculos y las balas trazan su camino inexorable hacia los guardaespaldas.
Estos responden con solo milésimas de segundo de retraso sus armas disparan contra él mientras las balas les alcanzan.
Una de los disparos traza una ligera línea en su mejilla, pero el no lo nota.
Gómez con el terror en el rostro lentamente gira el revolver hacia ella, mientras su grito se enlentece en el fragor de la acción.
Las berettas completan el giro y las miras se alinean en Gómez, el revolver del mafioso casi está sobre ella.
El primer proyectil le alcanza en el ojo izquierdo, el segundo entra limpiamente por el derecho y el ultimo completa el triangulo en su frente, su sello conocido, no hay tiempo antes de la muerte, sin haber apretado el gatillo, Gómez se desploma a los pies de ella y su sangre mancha el vestido lila.
Víctor cae de rodillas y llora de terror, ella aun no reacciona y catatonica solo ve las pistolas que giran en sus manos y desaparecen en la espalda
Él se deja caer contra el pequeño automóvil mientras una avalancha de policías parece materializarse en el lugar, varios esposan rudamente a ella y su padre. Incluso un par intentan apuntarle a la orden de un joven teniente.
Un delgado europeo enfundado en su gastado sobretodo hace su aparición enarbolando una placa, de alguna forma el francés se las ha arreglado para seguirle la pista.
- Teniente... agente Paul Montaigne... INTERPOL... este hombre es de los nuestros, no debe ser tocado -.
Montaigne calma a la policía local casi sin ayuda y con una sonrisa de satisfacción más que evidente le ofrece un cigarro nuevo, una inminente promoción baila en su mente aunque la simple opción de abandonar el maldito clima tropical se le imagina mucho mas liberadora.

- Otro caso resuelto... – Dice el francés - ¿Ahora que harás Arcángel? -.

El suspira una vez mas, el oscuro cabello de ella desaparece entre los policías, el canto de sirenas se acalla por fin.

- Me tomaré unas vacaciones... – No, no vuelve a poner sus ojos sobre ella, ya nunca lo volverá a hacer - Es hora de casarme Paul, Meredith me espera -.

martes, 14 de abril de 2009

Cuento de la semana: El Beso.

El beso.
Siempre recordaría la primera vez que la vio, no una mas, no un encuentro sin razón, mas bien el destino presentándose sin mascaras delante de él. Ella era bonita, ella era dulce, pero no la primera que conocía... o tenia, ni la más, solo era ella, y desde ese momento nada más importó.
La lógica había sido su credo, la indiferencia profunda y la falsa sensibilidad a flor de piel sus armas, un jugador experimentado y hábil, uno que siempre calculaba cada frase, cada gesto antes de su movida.
Jugadas maestras algunas, chapuceras otras, pero normalmente exitosas, su cama había cobijado el calor de muchos cuerpos, una lista de la que alguna vez estuviera orgulloso.
Hasta ella.
La magia no figuraba en su vocabulario más que como parte de alguna frase cliché, una de tantas, prolijamente ocupadas en conquistas vanas, cuidadosamente pulidas para magnificar su efecto, su poder.
Hasta ella.
Con ella todo había cambiado, esa pasión fría, hedonista y competitiva había desaparecido frente al solo hecho de estar a su lado, de hundirse en sus ojos, de recorrer su rostro. Sus manos alguna vez tomaron las suyas, el aroma de su cabello alguna vez acaricio sus sentidos y en medio de algún abrazo, sus lágrimas se depositaron en sus hombros.
Juntos se compartieron los rincones más profundos de sus corazones, o al menos eso quiso pensar él y se rindió a la imposible y dulce creencia de las almas gemelas.
Alguna vez sus tímidas palabras de amor entibiaron su corazón y él aprendió a ver el mundo de otra forma, más misterioso, más impredecible.
Más mágico.
Cuantas veces busco sus labios y cuantas veces estos escaparon, las dudas llenaban esa hermosa cabeza suya de largos cabellos negros, mientras él desfallecía de amor, el fantasma de la virtud exagerada acechando, aunque sin controlar sus palabras, postergando el nimio acto.
Nunca la besó. En todo ese tiempo, con cuanto destino, con cuanto amor en juego, nunca le pareció tan necesario. Ya habría toda una vida para ello.
Pero nunca la hubo.
El miedo era demasiado fuerte en ella, la pasión se borró de sus ojos bajo la fuerza de su voluntad que la convencía de no amarlo, de nunca llegar a llorar por él.
Con el destino en su contra ella se alejó, venciendo a la magia ella dio la vuelta y se refugió lejos de la exquisita vulnerabilidad del amor, lejos de sus dudas. O al menos se convenció que seria así.
Él se derrumbó, había perdido en el juego que creía dominar, y casi bordeando en la locura, rió y lloró amargamente, había encontrado su corazón y ahora lo veía en pedazos.
Había pasado un tiempo, no demasiado, si hubiera seguido siendo el mismo de antes de ella quizás habría disfrutado con como se dieron las cosas, ella nunca había sido muy popular, “demasiado rara” decían algunos, “loca” tachaban otros, ahora el trato era peor y no pocos arrugaron el seño al verla llegar esa noche.
Él entre ellos, no podía disfrutar que se burlaran de ella y sabia que lo harían, sin él a su lado se sentían con tal derecho, mas de alguno por lealtad hacia el incluso lo consideraría un deber, especialmente esa noche.
Iba a ser una de tantas, licor, conversación, alguien saldría con algún juego nuevo, morboso de ser posible y así reirían e insinuarían, hasta que los más resistentes se negaran, de buena o mala gana, a seguir alcoholizándose.
Él trató de disfrutar la velada aun cuando veía como la obligaban a bailar a pesar de sus suplicas.
Ella trataba de esconder los celos cuando alguna se le acercaba aunque solo fuera por su consejo.
La noche traería sorpresas, entre brindis, prestamente se confeccionaron pequeños trozos de papel con sendos nombres garabateados, dos de ellos especialmente doblados y fáciles de reconocer. Con ellos y el estrecho armario al final de la habitación, la elaborada broma de las amigas de ella estaba preparada.
Él trató de negarse, ella solo se levantó en silencio y con desgano abrió la delgada puerta. No faltaron quienes lo echaron adentro.
Algunos rieron imaginando la incomoda escena dentro del armario, uno tomó el tiempo y otro comenzó con las apuestas.
Volver a sentir ese aroma de nuevo, su respiración tan cerca. Más que eso, solo su presencia bastaba.
El se mantuvo inmóvil tratando de mantener la mayor distancia posible, algo inútil en la estrechez del recinto
Ella había jugado con él por semanas, conciente o inconscientemente, el daño había sido igual y eso era lo que él mas lamentaba, nunca podría perdonarla, aun cuando la amaba y lo seguiría haciendo, lo que alguna vez le ofreció, ella lo había matado y ya no le quedaba nada que entregarle aunque quisiera.
Tropezando con un viejo zapato ella llegó a sus brazos y se permitió mirarle con la ternura con que alguna vez lo había hecho.
Él por un momento creyó poder perdonarla, por solo un momento.
No tenía nada que perder pensaba ella, solo seria un beso, nada que temer, solo un gesto, el no lo malinterpretaría, el no pediría mas, ella no se lo permitiría.
Él sintió sus manos rodeándolo y vio su cabello tapar la tenue luz filtrándose por los bordes de la puerta.
Sentir esos labios tanto tiempo anhelados, su piel suave, esas largas pestañas rozando su cara.
La besó con pasión, con amor contenido, con ternura absoluta.
Y ella le respondió igual.
Era como si un rayo recorriera sus cuerpos, sus delicadas manos se hundieron en su espalda mientras sus cuerpos se juntaban hasta fundirse en uno.
Ella comprendió, ella sintió, sus defensas cayeron frente a la certeza absoluta del amor, un calor largamente escondido, insistentemente negado aun frente a tantos signos. Sus labios bajaron por su cuello hasta descansar en su pecho mientras él acariciaba su cabello como tantas otras veces.
Ella le abrazó con fuerza, extasiada con el sonido de sus corazones latiendo acelerados y por primera vez no tuvo dudas.
Él la separó lentamente tratando de distinguir el contorno de su cara entre las sombras y ella pudo distinguir una sonrisa, una sonrisa de amor.
La pierna giro con un solo rápido movimiento y el pie con todo el peso de su cuerpo golpeó la oscuridad.
La puerta gimió herida de muerte en sus goznes y finalmente cayó ante la mirada atónita del grupo, las risas se acabaron y algún vaso se estrelló contra el piso derramando su etílico contenido en la mullida alfombra entre los nombres garabateados en papel.
Ella se llevó una mano a los ojos tratando de alejar la claridad sorpresiva y con la otra busco las suyas.
Ya no estaban.
Él salió lentamente pasando delante de los presentes sin dignarles ni una sola mirada y con la chaqueta bajo el brazo y la camisa marcada de carmín, encendió un cigarrillo, el primero en meses, mirando de reojo a la dueña de casa dijo.
- Te debo una puerta -.
Afuera las nubes se arremolinaban amenazadoras bajo la guía de la brisa helada de la noche, con el cuello de la chaqueta rozando sus orejas y las manos temblando en los bolsillos, el dejo rodar una última lágrima por sus mejillas y comenzó a caminar.
Adentro, aun entre la semipenumbra del armario ella lloró por primera vez en mucho tiempo, con su sabor aun en los labios.

lunes, 6 de abril de 2009

cuento de la semana: El espejo

La figura de Él a ambos lados del espejo rectangular y empolvado de su dormitorio, trató de sonreír y solo una mueca descolorida e impersonal cruzó su rostro y el de su negativo al otro lado del cristal, aun recordaba a ambos tomados de la mano frente a los grandes espejos bruñidos del hall de la universidad. Apuestos, inteligentes. Dios, que hermosa pareja hacían, la envidia de todos. El alto y apuesto, cabello corto y negro como la noche, los brazos fuertes fruto mas del trabajo orgulloso que de los días perdidos de deporte. Ella hermosa y grácil, el rostro de un ángel en el cuerpo más deseable que pudiera encontrarse, largos cabellos dorados y ojos del color de las esmeraldas e igual de brillantes. Una pareja muy hermosa.
Casi perfectos.
La figura de ella se dibujaba a contraluz de la blusa de dormir, la seda acariciando sus curvas sugerentes, uno de los tirantes, el derecho caía sobre su brazo despreocupadamente dándole un aire de sensualidad increíble. En el espejo ovalado de su cómoda era el izquierdo. Aun se recordaba juntos, desesperadamente juntos, sentados en la pequeña mesa del restaurante, ella encima de él, ella con la pajita de la coca cola entre sus labios, él con una papa frita colgando de su boca. Y como reían, miraban sus rostros con ternura, ahora dos papas fritas hacían las veces de colmillos amarillentos y caían sobre su cuello manchándolo de aceite, ella gritaba y la gente los miraba extrañada, con esa expresión mezcla de humor y envidia frente a la felicidad ajena que todos hemos visto dibujarse a desgano en nuestros rostros alguna vez. Ella sorbía mímicamente su cerebro con su pajita y él la estrujaba y le besaba tratando de morder sigilosamente el trozo de lechuga que hábilmente dejara caer sobre su blusa, justo debajo del pendiente de plata.
Dios, que pareja tan hermosa eran.
Él seguía recorriendo su propio cuerpo con los ojos frente al espejo, aun tenia los brazos fuertes, esos que tantas veces la estrecharan en sus brazos, esos que ya no lo hacían. Había sido aquella mañana hace varios meses, frente al pequeño espejo con marco de nogal que colgaba en la puerta de su casillero, su rostro lívido mirando el piso, la mente en blanco aun incapaz de digerir la escena grabada en sus retinas, ella en los brazos de ese, sus cabellos dorados, sus preciosos cabellos dorados, desparramados por su pecho y las manos grasientas del pelirrojo acariciándolos, como si quisiera emularlo cuando bajo el espejo de la habitación 20, la misma de siempre, el recorría las doradas hebras escuchando la delicada respiración de su sueño.
Ella no veía su propia sensualidad en el espejo solo la mascara de inconsciencia que era su rostro, nunca la había visto, o al menos hasta que viera su propio reflejo en la habitación del motel, la felicidad incontenida por el gran espejo sobre la cama esa primera vez y las siguientes. Felicidad hasta ese día... frente al espejo circular del baño de alumnas del primer piso, el labial cayendo al piso al sonido de las palabras odiosas desde uno de los cubículos donde muchas se encerraban a revelarse secretos de belleza... y a veces de cama. Esta vez hablaban de él, de él. Había podido reconocer la voz, esa odiosa voz de envidia de la morena de ojos torcidos, siempre la había odiado y ese día mas que nunca al mencionar el pequeño lunar de su entrepierna, ese era un secreto de él, un secreto que solo ella conocía, un secreto de caricias y risas. Ahora las risas venían de esa. Había visto sus propios ojos hinchados por el llanto incipiente mirándola desde el gastado espejo que tantos rostros viera a lo largo de los años y había corrido, dejando atrás el labial y a su propia inocencia. Había corrido mucho, su figura había cruzado fugaz por los espejos del pasillo de aulas y ya afuera había tenido que hacer un esfuerzo para aparentar normalidad frente al esposo de su hermana, pero su pelirrojo cuñado no le había creído y en su pecho lloró, lloró largamente hasta que su hermana con su abultado abdomen de ocho meses le había guiado al auto.
El rostro inflexible de él miraba el vacío a ambos lados del cristal, aun no comprendía por qué, todo era perfecto, todo como un sueño, su voz dulce, su sonrisa cegadora, la forma como ella le miraba, tanto amor, tanta pasión. Habían estado juntos una eternidad, siempre juntos, cada día, cada noche. Cada noche a excepción de la noche anterior a ese día, ella no había llegado, su voz angelical por el teléfono le había hablado excitada sobre la llegada de su hermana y el esposo, sobre lo felices que se veían sobre el sobrino inminente. El niño ya tiene que haber nacido. ¿Dios cuantos meses?. Esa noche le había dado el beso de buenas noches por teléfono, la primera vez que no era en persona en meses. Él había permanecido junto al aparato un buen rato soñando con niños corriendo de un lado a otro, niños de rubios cabellos, ojos de esmeralda y brazos fuertes. Su compañero de cuarto le había sacado con rudeza de tan dulces pensamientos, a regañadientes había bajado las escaleras y se había incluido en el juego, mas de alguna broma sobre su soltería temporal cayó sobre él desde el grupo cada vez más ebrio. No estaba cómodo, le faltaba ella y peor podía sentir las ocasionales caricias de la chica bizca que le ponían la piel de gallina. Mala suerte en la noche, casi un preludio de la tragedia que caería el día siguiente, allí confiando en la futura etílica amnesia del grupo, bajo los gritos de ¡secreto o prenda!, Soltó su secreto, el lunar de media luna escondido siempre bajo la ropa, escondido para todos excepto para ella. Se había retirado temprano, encerrándose en la habitación asqueado del hedor a cerveza barata y excitación juvenil que inundaba el salón de la pensión. Asqueado, pero más que nada de la mirada de la chica morena tratando de atravesar su pantalón con los ojos torcidos.
Ella cepilló mecánicamente sus largos cabellos rubios frente al espejo que albergara en sus bordes cuantas felices fotografías de tiempos mejores. No habían hablado del asunto, no era necesario, el se había mostrado distante, su silencio había sido la prueba de su culpa, la huidiza mirada cuando se encontraban en el pasillo, la prestancia con que salía de los lugares en donde ella entraba. El no la amaba, nunca lo había hecho.
Él terminó de vestirse, el semblante austero, inerte en el espejo. Ella no había tocado el tema, al parecer simplemente tenia a alguien mas, las miradas se habían mostrado como las falsedades que siempre habían sido, solo uno mas, uno mas, nunca un porqué, su silencio fue la prueba, ella nunca lo había amado.
Ella se ajustó la blusa frente al espejo de la cómoda, la misma de aquella vez, aun con manchas de aceite. Con indiferencia se la sacó y lanzó a la ropa sucia. Él le había mentido todo el tiempo, solo había sido un juguete, a él nunca le importo, había salido de su indiferencia para mostrarle un mundo maravilloso, un mundo falso, un camino mágico que solo existía para llevarla a esa habitación con el gran espejo en el techo. Y luego había desecho ese mundo con su traición, había vuelto a la indiferencia y ese mundo seria para otra.
Él, frente al espejo se anudó la corbata con un gesto deslucido de aprobación, era el último día, hoy tendría su diploma en la mano y mas que nada, hoy vería por última vez su rostro insensible, hoy respiraría lejos del temblor en sus piernas al verla y empezaría una nueva vida lejos de ella.
Ella se colgó el pequeño pendiente de plata y admiro su brillo impasible en el cristal. Hoy seria una profesional, hoy dejaría de sentir esa opresión en su pecho al verlo pasar, sus caminos al fin se separarían del todo.
El se irguió imponente y seguro frente al espejo, el rostro duro, el impecable traje oscuro, la decisión grabada a fuego en su mente y el pensamiento en el odio oculto amenazando salir contra todo lo dorado, hasta hoy.
Ella admiró sus femeninas formas proporcionadas con la ceja levantada insolente, orgullosa y vacía, pensando en el odio que ardía en su corazón y que hoy terminaría.

Con paso seguro cruzaron el umbral de sus habitaciones, los corazones impasibles, ajenos al dolor, libres de sentimientos y emociones, y desde direcciones opuestas se dirigieron al gran hall del campus donde el sol rebotaba en los espejos bruñidos...

Al menos eso quisieron pensar.

El simple espejo rectangular y el pequeño espejo ovalado sobre la cómoda no quedaron vacíos...
En sus habitaciones en negativo, dos formas, impecablemente vestidas, muñecos de trapo con el corazón roto, hermosos dentro de su angustia, lloraron hasta que las lágrimas se acabaran.
Detrás del espejo.

sábado, 4 de abril de 2009

Cuento de la semana: Camino al altar

Este es un pequeño cuento que escribi hace años, una pequeña historia de amor y dolor.


Camino al altar.

Ella se ve tan hermosa, casi se desliza por el pasillo hacia el altar, la larga cola del vestido parece flotar etérea enmarcándola en inmaculado blanco, el velo difuminando misteriosamente el azabache de su cabello, ocultando esos ojos oscuros y esa mirada tierna. Él está henchido de orgullo y con razón, todas las miradas en la iglesia la siguen extasiadas.
Casi esta seguro que detrás de la tela su rostro le dedica una sonrisa.
¿Cuantas veces habían planeado esta escena? Ella la había imaginado desde su más tierna infancia y ahora su sueño se hacia realidad. Y él al fin estaba ahí también.
¿Cuantos problemas intentando ser superados? ¿Cuantos negándose a su amor?
La había conocido en el mas inusual de los lugares, hacia ya diez años, cuan rápido pasa el tiempo, el había llegado al encuentro pastoral con esa sonrisa suya de desprecio hacia lo religioso, a lo místico, a lo intangible, solo el inconmensurable poder de convencimiento de su mejor amiga podía haberle llevado a ser parte de algo tan ajeno a si mismo. Allí había estado ella, parte de otro mundo, de una realidad contradictoria a la suya de hermosos barrios, prestigiosos colegios y apellidos rimbombantes. Ella era otro cuento, un ángel de calles de tierra y escuelas con números, una belleza tierna y pura, con sonrisa luminosa y remiendos hábilmente escondidos en la blusa aun con esencia a hermana mayor.
Había tenido competencia, eso era esperable, más de alguno de sus amigos había tratado de impresionarla con onerosas invitaciones y más de alguno de los amigos de ella había intentado de reafirmar su derecho proletario ante los niñitos bien.
Pero el había sido mas hábil y pocos días después, a la luz de los semáforos y al son de distantes fiestas, se había sorprendido a si mismo derritiéndose frente a un beso de ella, un beso real, un beso puro.
Pronto aprendió a adorarla y ella a él, y frente al desprecio de algunos él le entregó su corazón y ella el suyo, sin condiciones, sin preguntas.
Ella camina lentamente hacia el altar, el albo vestido entallado en la diminuta cintura resalta su cuerpo menudo y perfecto. Perfecto, tal como esa espalda desnuda parcamente iluminada por la escasa luz de tardes de amor y ternura, recuerdo precioso de tiempos felices. Tiempos de felicidad absoluta, aun frente a los seños fruncidos de madres protectoras y padres ambiciosos.
Dios, como la amaba, como la ama, la risa cristalina, la voz dulce, ese gesto de arrugar levemente la diminuta nariz que hacia que él la abrazara con mas fuerza sin querer dejarla ir nunca.
Cuántas historias todos estos años, cuántas aventuras con ese gesto grabado a fuego en su mente, cuántas risas, cuántos llantos.
Más de alguna vez se tomaron de las manos frente a la incertidumbre de la paternidad no esperaba, más de alguna vez tomaron el teléfono para hacer la cita y firmar el documento que cambiaria sus vidas.
El documento que se firmará hoy.
Ella sube los escalones del altar lentamente y él deja de respirar un momento ante tan hermosa visión, con un guiño ella saluda a su llorosa madre, la señora siempre se opuso, por razones opuestas a las de la suya claro, la madre de ella temía que la relación le rompiera el corazón a su niña, la de él que acabara con la carrera de su hijo.
Pero eso nunca importó, ella era una cenicienta, una princesa encerrada en una torre obrera atesorando un corazón de oro y la gracia y encanto de una reina.
El colegio había acabado hacia muchos años y sus vidas hicieron la jornada hacia la adultez, él había entrado a la elite estudiantil que supuestamente debía corresponderle y ella encaraba el mundo laboral con valentía y esperanza. Más de alguien murmuraba frente a la combinación inusual de libros de anatomía de él y la agenda de citas del jefe de ella, más de alguien bromeo frente a los encuentros fugaces después de la oficina o antes de entrar a turno de cirugía.
Pero el horario de 8 a 6 y los deberes académicos comenzaron a cobrar su cuota, sus mundos se distanciaban y el abismo se hacia cada vez más insoportable, el domingo se transformó en el único refugio y pronto hasta este se deshizo en ruinas. El dolor y la melancolía roían sus sonrisas y las presiones se hacían sentir con mayor fuerza que nunca.
Demasiado joven, demasiado miedo, demasiado amor. La mente nublada por la responsabilidad y la desesperación del tiempo lentificado que parecía separarlos cada vez más. Ante la encrucijada, el niño que él era aun se derrumbó y la niña que ella era aun no fue suficientemente fuerte para detener la caída.
El sueño se rompió, erróneamente en su mente torturada el trató de hacer lo que creía correcto y amándola hasta el dolor, la dejo ir. Y ella no fue capaz de impedírselo.
Nunca entendió el porqué, aunque el aún esta ahí, aunque aún lo ama.
Nunca le perdono.
Ella se yergue magnifica, como musa griega en medio del altar, radiante y hermosa.
Él está seguro que detrás del velo le dedicaría una sonrisa...
Si supiera que esta aquí.
Se apoya en una columna, oculto por la semipenumbra del fondo de la catedral, y con un nudo en la garganta le escucha claramente el dar el sí...
A otro hombre.